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JUAN GUERRERO

ALCOCER SANALONA

 

Herberto Sinagawa Montoya

 

Cuando el ingeniero Juan Guerrero Alcocer llegó a Culiacán, el verano de 1940, encontró una ciudad pequeña, de poco más de 20,000 habitantes, que luego, luego le ganó el corazón.

 

A manera de presentación, el flamante ingeniero civil, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, decía: -Me mandaron a hacer una presa sobre el Río Tamazula, y voy a hacerla. Llegó la hora de sustituir los usos del agua bronca que se derivan por los canales Cañedo y Rosales y usar el agua almacenada.

 

Los dos canales principales de la región habían sido construidos muchos años atrás, y, sin embargo, seguían prestando un magnífico servicio. El Canal Cañedo fue construido por la familia Almada de Navolato en forma rudimentaria; es decir, echando mano de fresnos tirados por mulas o por bueyes. El acabado se hizo a golpe de pala y pulmón. El Canal Rosales empleó una técnica rústica muy ranchera, semejante al Cañedo.

 

Tuvieron estas dos obras pioneras de la gran irrigación en la región dos soportes diametralmente opuestos: el Cañedo fue hecho durante el gobierno porfirista del general Francisco Cañedo, y los Almada, con una gran astucia política, acordaron bautizarlo con el nombre del poderoso gobernador de la época. Por lo que hace al Canal Rosales, el general Ángel Flores, gobernador de Sinaloa, decidió otorgarle el nombre de Antonio Rosales en memoria del ilustre militar zacatecano que tan profunda huella dejó en la tierra al acaudillar las luchas contra la intervención francesa en Sinaloa.

 

Tres presidentes de la República apoyaron Sanalona

Tres presidentes de la República apoyaron a su modo la represa sobre el Río Tamazula.

El presidente Lázaro Cárdenas autorizó a la Comisión Nacional de Irrigación un presupuesto de 600,000 pesos para iniciar los estudios correspondientes de lo que sería la primera y más importante obra de gran irrigación en el noroeste.

 

El ingeniero Juan de Dios Bátiz, ilustre sinaloense, creador del Instituto Politécnico Nacional, empleó la buena amistad que lo ligaba al presidente Cárdenas para remarcar la importancia de esa obra. Fue el ingeniero Bátiz un gran promotor de obras.

 

Fue poco lo que se avanzó en la etapa cardenista. El presidente Ávila Camacho autorizó un presupuesto de 31 millones de pesos para darle mayor impulso a la obra. No avanzó mucho la presa por las condiciones poco favorables que imperaron durante la segunda guerra, y que se expresaban en la carencia de equipo pesado apropiado.

 

Desaparece la Comisión Nacional de Irrigación y surge la SARH

El presidente Miguel Alemán hizo desaparecer la Comisión Nacional de Irrigación, que había creado el presidente Plutarco Elías Calles el 9 de enero de 1926, surgiendo en su lugar la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, cuyo primer titular fue un magnífico técnico, el ingeniero Adolfo Orive de Alba.

 

El ingeniero Guerrero Alcocer dijo al presidente Alemán: -Si no se autorizan suficientes recursos y si esos recursos no se manejan a nivel local, tiro la toalla-. Sonrió el presidente por la osadía del joven ingeniero, oprimió un botón y ordenó: -Háganse las cosas como quiere Guerrero Alcocer-.

 

La Morrison Knudsen sorprendió al Culiacán amodorrado de la época. 
Como una señal de que las cosas se harían al modo de Guerrero Alcocer, una mañana Culiacán abrió el día con el ruido de inmensos camiones que la gente apodó “dompes”. Hasta entonces se habían utilizado camioncitos Ford o Chevrolet de cinco o seis toneladas, ahora cada “dompe” podía movilizar 40 o más toneladas de material. Fue así como la cortina se levantó en un dos por tres, y el 2 de abril de 1948 el presidente Alemán puso en servicio la portentosa obra, “ilusión de los sinaloenses”, según definición de Guerrero Alcocer.

 

Fue ese día inolvidable para todos, porque se iniciaba una nueva época. Serían incorporadas a una explotación continua, sin altibajos, casi cien mil hectáreas, abandonándose las pobres artes agrícolas por unas modernas, eficientes y productivas.

 

En la ceremonia, los presentes pidieron que hablara Guerrero Alcocer. No quería hablar, porque carecía de las dotes del orador. Por fin habló y se disculpó con Alemán por no haber logrado una buena pieza oratoria. Alemán le dijo recio para que oyeran los demás: -A usted lo queremos para que haga presas, no para que haga discursos-.

 

Hubo días malos y buenos durante la construcción

El ingeniero Guerrero Alcocer recordó, años después, que durante la construcción de la gran obra “hubo días buenos y malos”. Los ciclones causaban fuertes avenidas del Río Tamazula, cuyos arroyos afluentes se localizaban en lo más profundo de la Sierra Madre Occidental.

 

Después de dos o tres años de estar escarbando sobre el lecho del Río Tamazula, luchando contra el lodo y la piedra, con viejas bombas de poca capacidad, se descubrió la roca sólida ideal para cimentar la cortina. Era un granito duro, sano y limpio, sin grietas, quince metros bajo el fondo del río.

 

El ingeniero Andrew Welss, consultor de la Comisión Nacional de Irrigación y después de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, observó el lecho del río, y dijo: -Magnífica roca, muchachos; se antoja beber agua; adelante, es tiempo de desplantar la presa-.

 

Hubo gritos y porras por la alegría que causó este juicio del viejo y ameritado maestro en la irrigación.

 

En 1946, cuando las obras estaban en pleno auge con el decisivo apoyo de la empresa Morrison Knudsen, en vísperas del cierre de la presa, se quemó la planta de energía eléctrica. Se paralizó la obra. Guerrero Alcocer pidió auxilio a la oficina central, y, como ocurría siempre o casi siempre, el apoyo corrió el trámite burocrático y amenazó con el clásico correr de tortuga de escritorio en escritorio.

 

Hubo entonces una asamblea extraordinaria del sindicato. Guerrero Alcocer, por su carácter enérgico y violento, no mantenía unas relaciones ideales con los líderes sindicales; sin embargo, los trabajadores acordaron ceder tres días de salario para adquirir las dos plantas de emergencia que se necesitaban. Cuando el secretario Orive de Alba supo de esta generosa actitud de los trabajadores, ordenó que se les repusieran los tres días de salario.

 

El 31 de diciembre de 1947. Día histórico de Sanalona

El ingeniero Guerrero Alcocer dijo: -Hubo un día más que bueno, fue el 31 de diciembre de 1947. Por la tarde de ese día, terminada la presa y despobladas las seis mil hectáreas que inundaba, la cerramos totalmente; entonces, se presentó una tenaz equipata cuya avenida queríamos captar. Cerca del amanecer del día siguiente, al salir del Casino Culiacán de la fiesta de año nuevo, con los estragos estomacales de la euforia alcohólica, fui a la presa y a la luz del amanecer apareció un lago artificial de varios kilómetros y veinte metros de profundidad. Fue entonces que sentí ganas de arrodillarme y dar las gracias a Dios por darme la alegría de consumar una gran obra que desparramaría tantos beneficios a los sinaloenses.

 

¿Por qué en el Tamazula y no en el Humaya la presa?

En los trabajos previos al inicio de la obra, el ingeniero Guerrero Alcocer hizo muchos vuelos sobre la cuenca del Río Tamazula que sería inundada por la presa.

 

Cierta vez, el piloto del avión, capitán Efraín González y González, le dijo, señalando hacia abajo: -Perdone, ingeniero, yo no sé de estas cosas, pero desde aquí se ve que el Río Humaya arrastra más agua que el Tamazula. ¿Por qué no se hace la presa en el Humaya?-

 

En forma cortante, muy a su estilo, Guerrero Alcocer contestó, dándole especial brillo a sus ojos tras los lentes de aviador: -Estamos haciendo la presa donde la estamos haciendo porque los mexicanos somos muy pendejos. Ya me cansé de decirles que el Humaya es mejor que el Tamazula, que arrastra mucha más agua, pero no me hacen caso, haré la presa donde me ordenan que la haga-.

 

“El gobierno ha hecho su parte, toca al pueblo hacer la suya”

En la parte más alta de la cortina, se colocó una gran placa donde se lee: “El gobierno está cumpliendo; toca al pueblo hacer su parte”.

 

Y vaya que las dos partes sí cumplieron. A partir de 1948, cuando el agua llegó al valle por los canales, se desencadenó una competencia a ver quién producía más caña de azúcar, algodón, tomate, sorgo, maíz, frijol.

 

Rugieron los enormes bulldozer de Stringel arrasando el monte de la región de Batauto. Pronto, miles de hectáreas quedaron como mesa de billar, listas para la parición.

 

Culiacán creció al ritmo de adolescente. De treinta mil habitantes llegó a cien mil, y de cien mil al millón en el lapso de medio siglo.

 

Sanalona, fue, pues, el detonador de la economía sinaloense. Se puede hablar de “antes” y “después” de Sanalona. Si no supimos ahorrar el inmenso dinero que deparó la agricultura en los años 1950-80 es cosa seria, nos emborrachamos con la prosperidad y derrochamos en cosas baladíes un capital que si lo hubiéramos atesorado no estaríamos sufriendo.

 

¿Dónde quedaron las industrias que surgieron a raíz de Sanalona? Recordemos unas, para no perder la memoria: Empacadoras Calidad, Fábrica Textil de Culiacán, Cervecería Cuauhtémoc, Fábrica de Sacos y Cordeles de Sinaloa, Industrias de Agricultores, Tomex, sin olvidarnos de despepitadoras, arroceras, y molinos de harina de trigo.

Teníamos camino, pero tomamos el atajo, perdiéndonos.

 

“Al rescate de Guerrero Alcocer”: Guevara Niebla y Terán Olguín

Sanalona está cumpliendo su medio siglo de vida. En 1987 se efectuó en Los Mochis el XI Congreso Nacional de Ingeniería, y allí se dijo oque Sanalona estaba cumpliendo su vida útil de cincuenta años. Que había que pensar en cómo hacer algo, porque la vida útil de una presa es de 50 años.

 

Sin embargo, Sanalona, cansadita, descuidada, sigue campante como el monito elegante del Johnnie Walker. Cincuentona y todo, Sanalona continúa siendo sustento del desarrollo sinaloense, junto con las otras presas que se construyeron posteriormente en otros ríos.

 

La Universidad Autónoma de Sinaloa, apoyó la idea del licenciado Liberato Terán Olguín y del ingeniero Eduardo Guevara Niebla, para que se incluyera un homenaje al ingeniero Guerrero Alcocer.

 

El licenciado Terán Olguín dijo: -Estimo que ha llegado la hora de colocar la figura de Guerrero Alcocer en el sitio que merece. Indudablemente, que Sanalona fue el detonador de la economía sinaloense. Mantener su figura oculta o semioculta representa una anomalía que debemos corregir, más cuando estamos haciendo en la UAS una recapitulación de los mejores hombres que ha tenido la tierra.

 

“Se aisló de todos para morir el Ing. Guerrero” EGN

El ingeniero Eduardo Guevara Niebla, que fue secretario particular del ingeniero Guerrero Alcocer, dijo que el gran constructor de obras se aisló en su casa de la ciudad de México cuando descubrió lo inevitable de su muerte. Murió el 11 de marzo de 1988, y en Culiacán hubo una sola esquela que publicó un periódico: la de Florita Tracy de Flores Sarmiento e ingeniero Humberto Iriarte y Margarita Flores de Iriarte.

 

Sostenía el ingeniero Guerrero Alcocer que el agua es impredecible y poderosa, más poderosa incluso que el fuego; al fuego se le puede combatir con eficacia, al agua no. Cuando el agua crece lo arrolla todo.

 

Conmovía al extraordinario técnico hidráulico que una ciudad como Culiacán no tuviera ninguna defensa contra el agua: el agua, con la crecida del Tamazula, entraba a todas partes, y la Colón y la Serdán se convertían en unos alegres arroyos donde la chiquillería podía darse e lujo de disponer de una enorme alberca.

 

Un estado con once ríos era, en realidad, un estado seco: toda el agua provenía de la Sierra Madre Occidental; el ingeniero Guerrero Alcocer se reía de buena gana cuando decía que si a Chihuahua y Durango se les ocurriera poner un medidor de agua y esa agua se la vendieran a Sinaloa, menudo aprieto en que lo pondrían.

 

El ingeniero Guevara Niebla, que estuvo tan cerca de un hombre de esa talla, dijo: -Era muy violento. Implantó un récord en el recorrido por un camino de terracería entre Culiacán y Sanalona: 20 minutos. Bajo aquella piel de ogro latía, sin embargo, un corazón tierno. Era memorable la fiesta de onomástico que ofrecía a Conchita, la esposa. Llevaba al Cachi Anaya que hacía sonar en forma muy bella su violín con “Azul”, de Agustín Lara, su canción predilecta. Brindaba con grandes gritos de júbilo con el Dr. Emigdio Flores Sarmiento, igual de dicharachero y bohemio.

 

El ombligo de la mujer

Guiseppe Tomasi de Lampedusa adquirió gran nombradía cuando produjo aquella célebre frase en su mayor obra “El gatopardo”. “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”.

 

Lampedusa se dolió de que en su vida íntima su mujer no le enseñara siquiera el ombligo.

 

Escribió: “Todavía soy un hombre vigoroso y ¿cómo puedo contentarme con una mujer que, en el lecho, se santigua antes de cada abrazo, y luego, en los momentos de mayor emoción, no sabe decir otra cosa que ¡Jesús, María!? Cuando nos casamos, cuando ella tenía 16 años, todo esto me exaltaba, pero ahora... he tenido con ella siete hijos, y jamás le he visto el ombligo. ¿Esto es junto? ¡Os lo pregunto a todos vosotros!”

 

Y, en memoria de ese admirable sabido de la hidráulica, que fue el ingeniero Juan Guerrero Alcocer, apróntase una bella frase atribuida al mejor Julio Cortázar de una vida espléndida para la literatura “No se culpe a nadie de mi vida”.