Nuestros pueblos naturales fueron cantores: mayos, zuaques, tehuecos, ocoronis guasaves, mocoritos, sinaloas, acaxes, pacaxes, xiximes, totorames, tahues, y otros ante la belleza natural de la costa a la sierra cantaron y cantaron bien para sorpresa de los padres jesuitas. En 1593 el SJ Pedro Díaz afirmó:
“Son grandemente estos indios amigos de la música y no es poco cebo para que acudan a la doctrina todos aún los más viejos, el cantarles la letanía; y algunos otros villancicos aunque sea en lengua española y las cuatro oraciones en su lengua y ellos a solas en sus casas andan cantando las letanías y oraciones y esto mismo hacen los domingos y fiestas yendo a misa los pueblos comarcanos de dos y tres leguas al pueblo donde saben que está el padre y la dice que para esto se les avisa que acudan a ...van cantando la doctrina hasta la iglesia, y de esta suerte vienen de dos en dos y cuatro y seis pueblos”
El canto estuvo en el centro de nuestra formación mestiza incluso desde antes de 1591, cuando arribaron a la villa de San Felipe y Santiago de Cinaloa los padres Gonzalo de Tapia y Martín Pérez, los cuales con sus métodos de evangelización, que incluyó la formación del Colegio de Sinaloa, innovaron la concepción de la cultura en el Noroeste Mexicano. La expresión indígena, matizada en deidades diferentes con el canto nuevo, reafirmó la espiritualidad y la espontánea expresión de unos hombres y mujeres que siempre entendieron la sanidad de cantarle a la vida.
De España nos llegó el canto religioso que se hizo íntimo con la presencia del popular romance que en nuestra tierra se transformó en el corrido, genero musical convertido en crónica del pueblo, al reseñar sucesos trascendentes o inusitados.
En los espacios de la música sacra tuvimos cantores que entonaron villancicos y canciones que se integraron a los acompañamientos de arias, ofertorios, oberturas y sonatas. En esta floritura musical surgieron los coros que hoy persisten, los cuales se han convertido en expresiones didácticas de inusitadas posibilidades. Toda esta riqueza musical de los siglos XVII y XVIII que tiene autoría regional, documentada en la centralidad obispal de la Nueva Vizcaya, espera su rescate para confirmar la continuidad de nuestro canto de origen religioso y popular; indígena y mestizo.
Desde esos tiempos y en éstos, nos gusta jalar los conjuntos de cuerdas, también la denominada música de viento, la popular banda regional, y caminar por los pueblos, así acompañados, en una muestra de alegría y pertenencia al lugar.
El maestro Enrique Ibarra Jr. escribió que: “El estado de ánimo, el ambiente y el paisaje, así como lo que se trae en si mismo producen el tema musical . Un individuo del pueblo lo inicia, otro lo completa y otro lo modifica y aparece la producción anónima”
Por eso Pedro Infante, Lola Beltrán, Luis Pérez Meza, Enrique Sánchez Alonso El Negrumo, Chayito Valdez, Fernando Valadés, Fidel El Compadre Valenzuela, Amparo Ochoa, Jorge Macías, Miguel Ángel Palazuelos, el Gallo Elizalde, Chalino Sánchez, y Valentín Elizalde. Aparte de compositores y cantautores como Alfredo Carrasco, Enrique Mora Andrade, Ángel Viderique, Rafael Jarero, Rafael Oropeza, Martiniano Carvajal Jr.,Miguel C. Castro, Jesús N. García, Severiano M. Moreno, Manuel “El Chino” Flores, Cruz Lizárraga, José Ángel Espinoza “Ferrusquilla”, Faustino López Osuna, Crecencio Montoya y tantos más, apenas son representaciones públicas de algo que tiene raíces profundas en nuestra cultura popular.
Pedro Infante Cruz, hijo de músico entendió desde muy temprana edad el carácter subyugante del canto, por eso a los 16 años en el mineral de El Rosario le urgió a Carlos R. Hubbard que le enseñara a tocar una guitarra, la cual adquirió en esforzados ahorros a principios de los años treintas.
La figura de Pedro alcanzó proyección nacional e internacional, la cual se fue forjando en una interacción con los sentimientos y alegrías de un pueblo que siempre lo acompañó hasta el final, y todavía hoy siente que vibra en uno de los suyos. Son inquietantes las palabras de Guadalupe Loaeza al afirmar que “...el mundo intelectual se debate si Pedro Infante es un compendio de mexicanidad o si él mismo es el que ha modelado mucho de la idiosincrasia del mexicano actual”. En clara alusión a lo que afirma Carlos Monsiváis, sobre que Pedro Infante inventó un sonido de arrabal y que los barrios prontamente incorporaron a sus haberes acústicos. Así, ese cine y ese actor-cantante modificó el modo en que se hablaba en la ciudad de México.
Pero en qué estriba el arrobamiento de su presencia? En su simpatía? En la tersura de una voz que al cantar despertaba y despierta sentimientos no imaginados en quienes lo escuchamos? En la polifacética representación de todos nosotros? O la interrelación vital entre madre, padre, hijo o hermano? Ni que decir de la concepción de la amistad, que supo representar con cálida nitidez.
Los coqueteos del amor los manejó en el estilo franco de un hombre que supo enamorar y vivió enamorado de la vida. Sus virtudes y sus defectos fueron nuestros.
Desde “La feria de las flores” (1942) hasta “Escuela de rateros” (1956), sus 61 películas de las cuales 55 filmó en papel estelar, en las cuales estaba implícito el canto, lo consagraron como un actor de diversas posibilidades. Con “Nosotros los pobres” estrenada el 25 de marzo de 1948 se logra un registro sustantivo en la historia del cine mexicano. Pedro Infante supo llorar con el pueblo y reír en sus alegrías y sobre todo acompañarlo en su religiosidad y veneración a la virgen de Guadalupe. Con él surgen una pléyade de actores que nunca pudieron desprenderse de su apabullante figura.
“El muchacho alegre” como quiso representarse nace de las entrañas telúricas de los ríos Baluarte y Presidio se afirma en el valle del Évora con el río Mocorito, se pasea en Guasave con el río Sinaloa madurando en la confluencia de los ríos Humaya y Tamazula de Culiacán, donde contemporiza con los promotores de la novedad radiofónica sinaloense en la estación XEBL, en la esquina donde actualmente se ubica el Instituto Sinaloense del Deporte, estación de radio fundada en 1936 y promovida por Max Gómez Blanco y Angelina Viedas.
La bohemia de Culiacán la transitó en la Orquesta Estrella del Cachi Anaya donde aprendió a tocar el violín. Junto con Enrique Sánchez Alonso el Negrumo recorrió los balcones de la ciudad y se enamoró de la hermosa culichy María Luisa León Rosas que lo impulsó a conquistar la ciudad de México. Hombre de apasionados amores, en la mujer encontró alegrías y sinsabores y en ellas fincó mucho de su éxito.
Su presencia nacional a través de la radio fue de lo más importante y los soportes del cine y la televisión complementaron un proyecto que creció por sí mismo. Llegó un momento en que su vida fue un proyecto nacional.
Al final, el canto lo mantuvo y mantiene en el imaginario de un pueblo que no necesita más que encender sus recuerdos para entonar las melodías que hizo famosas, desde las clásicas “Mañanitas”; la persistente presencia de la mujer amada en “Tu solo Tu”; el arrobamiento terso de “Amorcito corazón”; el ansia de libertad en “Gorrioncillo pecho amarillo”. Con “El muchacho alegre” nos dejó la imagen de la vitalidad de una juventud que busca su definición. El dolor de la ausencia en “Qué te ha dado esa mujer”; la terrible carencia del ser amado de “Ella”; la presencia de la ternura materna en “Mi Cariñito”; el desengaño de “Viva mi desgracia” y otras que podemos sintonizar en nuestros recuerdos.
Hoy que Pedro Infante sigue representando al imaginario de lo local, esa región de la cultura donde el modelo neoliberal no ha podido borrarlo todo, es sugerente reconsiderar la trascendencia de la celebración del cincuentenario de su fallecimiento, y sobre todo constatar, que en este sembradío hay mucho que arar para que otros frutos alimenten a una generación que va por el mundo buscando el rumbo de su destino.
Ver Gilberto J. López Alanís en Nuestra Señora de Cinaloa 1601. Edit. Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa (AHGES)/ Universidad Autónoma de Sinaloa/ Instituto Sinaloense de la Mujer. Culiacán, Sinaloa, México. 2005. pp. 118-119.
Ver a Francisco Antúnez en La Capilla de Música de la Catedral de Durango. Siglos XVII y XVIII. Edición del autor. Aguascalientes, Aguascalientes. 1970.
Sinaloa en la Cultura de Alfredo Ibarra Jr. Edit. Gobierno del Estado de Sinaloa. México. 1943. p.74.
En este aspecto ver Diccionario de la Cultura Sinaloense. DIFOCUR. Gob. del Edo. de Sinaloa 2002. También Sinaloa Historia y Destino de Herberto Sinagawa Montoya. 2004.
Ver Carlos R. Hubbard en El Pedro Infante que yo conocí, publicado en el Suplemento Cultural “Ancla y Estrella”. El Debate, martes 17 de abril de 2001. Los Mochis, Sinaloa, México.
En la Presentación del libro Pedro Infante. El Ídolo Inmortal Edic. Océano. México 2006. P. 13.
Carlos Monsiváis en “Ahí está el detalle. El habla y el cine de México”. Congreso de Zacatecas www.cvc 2007, en línea.
Ver No me parezco a nadie. Tomos I, II y III. Editorial Clío. Serie 3 Gallos. Negrete, Solis, Infante. Coordinación de Fernando García Ramírez y Enrique Serna. México 1994.
Ver Historia de la Radio en Culiacán, Sinaloa. de Roberto Montoya Martínez y Luis Antonio García Sepúlveda. DIFOCUR. H. Ayto. de Culiacán. CNCA. Culiacán, Sinaloa. 2006